La sangre del enemigo

La violencia manifiesta estos días en los medios me han recordado hoy una cosa. Una noche, en Rennes, cuando salía del Bochachica (un local regentado por un camarero manco que solía poner música latina) un francés, supongo que borracho, vino flechado hacia mí gritando Eh toi, tu es espagnol?. Sin saber qué es lo que había hecho me volví hacia él y vi en su cara que no iba a preguntarme precisamente si por estos lares el sol lucía tanto como se comenta. Tu es espagnol, toi? me repitió a lo que, sin más remedio, le respondí en perfecto español ¿Y a tí qué coño te importa? Tampoco me iba a andar yo con remilgos. Después de un minuto pegado a mi, sacándome pecho un poco jadeante (no sé si del cansancio) y al ver que yo le sostenía la mirada y que pasaba del tema, el francés decidió hacerle caso a las dos muchachas con las que iba y se largó protestando y cagándose en todo lo habido y por haber. Vaya, pensé, no sabía que ser español era un insulto. Aunque, por lo visto, lo es para según qué personas.

Repetir que la (in)(e)migración es algo inherente al ser humano parece que no convence hoy por hoy a mucha gente. Aunque no se lo crean, un día fuimos un pueblo nómada, guiados por la búsqueda de calor y alimento finito. Luego nos asentamos y aprendimos a cultivar, a mantener el fuego del hogar encendido. Ahora imaginamos fronteras invisibles, nos reunimos bajo el calor de una bandera y, en general, culés y madridistas se sienten decepcionados al unísono una vez cada cuatro años cuando España no se trae el mundial a casa. Poco a poco, el ser humano se ha ido dividiendo. Ya no somos un pueblo, sino que somos muchos, es lo que sentimos en nuestro relleno visceral, y para que esto siga así debe primar, como hablaba el otro día, la cultura de uno frente a la del otro.

La agresión (verbal y física) que hace unos días un salvaje le regaló a una chica sudamericana en un vagón de metro ha hecho correr ríos de tinta y plástico (en detrimento del celuloide). Incluso, me atrevería a decir, ha llegado a implantar una nueva moda mediática: la violencia entre jóvenes en general y la racista en particular. Parece que hasta que el chico le pegó una patada en la cara a la chica y le agarró un pecho no había existido este tipo de comportamientos. Es muy triste ver cómo la sociedad tiene que redescubrirse a sí misma (porque en el fondo sabe todo este tipo de cosas) a través de lo que los medios ponen en voga. Pero bueno, no es el debate que pretendo abrir hoy aquí.

Ayer tarde, en Channel nº 4 veía las imágenes de un joven gallego de 14 años pegarle una brutal paliza a un semejante mientras otro más lo grababa y alentaba detrás de un móvil. Dale, dale, que esto vale su peso en oro, animaba el cámara improvisado mientras su amigo le partía dientes y costillas al otro chaval. Una y otra vez repetían en el programa la escena (aunque en baja calidad para respetar la intimidad, se jactaban) pudiéndose intuir las fracturas a base de golpes y la cara ensangrentada de un menor que poco había hecho para merecerse tamaño castigo. Según comentaban en Channel nº 4, la brutal escena tenía 3 protagonista pero, al parecer, contaba con numerosos espectadores. Primero, los que se habían ido pasando de móvil a móvil por bluetooth el video, luego los que lo habían distribuido y visto por Internet y, por último, los jóvenes y adultos que hacían corrillo alrededor de los menores sin hacer nada.

Bienvenidos a la sociedad del siglo XXI. A parte de por las fronteras y el fútbol, no hemos evolucionado mucho más con respecto a cuando descubrimos la agricultura. Aún seguimos viviendo en las cavernas.

No sé qué pensaran ustedes, pero personalmente veo en las dos situaciones anteriores un reflejo de dos compartamientos que se van extendiendo poco a poco: la violencia gratuita y la pasividad e insensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Algo así como una materialización de lo que en su día plasmó Stanley Kubrick en su magnífica película La naranja mecánica, un clásico donde los haya que, como tal, continúa vigente en 2007. Muchos le echan la culpa de este tipo de comportamiento a la televisión, a la sociedad o a los videojuegos. Personalmente, yo entiendo que nuestra sociedad está recorriendo este camino debido a unos valores huecos, cuyo significado se ido desvaneciendo con el paso del tiempo, mientras se van rellenando ahora por la esencia de lo fácil, de lo automático. Crecemos en medios técnicos para alcanzar prácticamente lo que queramos, pero seguimos caminando sin objetivos. Puedo hacer lo que sea, aunque no sepa qué quiero hacer.

Ante esta pérdida de valores, encontramos situaciones lamentables como la siguiente. El juez encargado del caso de agresión entre menores investiga quién estuvo presente en la pelea, quién lo subió a Internet, quién lo alojó y quién lo distribuyó. En el primero de los casos, ignoro el de los demás, para hacer valer la ley y castigarlos por negativa de socorro. ¿Acaso no es evidente que si vemos que alguien es agredido injustamente debemos hacer algo para ayudarle? ¿Es todo tan sencillo como desviar la mirada y continuar con nuestra vida? Hay veces que con cambiar de canal es suficiente, pero quizás esto ha hecho que muchos pierdan su humanidad, su empatía por el sufrimiento ajeno. Ya tengo yo suficiente con lo mío.

Por último, me gustaría apuntar otra causa de todo esto: el desprecio de la cultura general, la que se aprende no la inherente. Hablaba ayer Paco Huelva de cómo los medios ignoraban lo cultural, ausentándose de una iniciativa importante como es la del Premio Onuba, un certamen provincial de novela. ¿Se corresponde el interés mediático con un reflejo del interés de la sociedad onubense? La pregunta quizás suene un poco a descubrir si primero fue el huevo o la gallina, sin embargo poco importa su respuesta. Como señalaba antes, tenemos los medios (libros, películas, … en casa, en Internet o en la biblioteca), pero mucho no saben usarlos o no tienen interés en hacerlo. Recuerdo una vez, aunque me ocurrió o en más de una ocasión, que al encontrarme a una amiga en la puerta de la biblioteca provincial me preguntó: ¿qué haces aquí?¿vienes a estudiar para septiembre?. Sorprendido le respondí que no, que venía a por unos libros. Ella, mirándome con cara estupefacta me dijo: ¿pero de lectura obligatoria para la carrera? Seguro que se imaginan como termina la anécdota.

La cultura nos hace libres (y exclavos, aunque no voy a explicar esto ahora) Es la forma que tenemos de poder conocer lo que hay más allá de nuestros límites, de ver que el mundo no es únicamente lo que hay a nuestro alrededor, y que comportamientos absurdos como el del vagón del metro ya han ocurrido antes y han tenido grandes consecuencias. El miedo a lo desconocido, a lo que hay fuera de nuestra cueva, desde luego que tiene solución. Platón empezó por salir de ella y ahora hay quien quiere volver. Pero no es esa la solución, como tampoco lo es agredir a los que son “diferentes”, extraños, extranjeros o como se los quiera denominar. Las cámaras, que hoy en día están por todas partes, empiezan a registrar a aquellos que reclaman la sangre del enemigo, del que no es como nosotros, del que odiamos por odiar porque la vida se nos muestra vacía y carente de estímulos. La violencia genera violencia, y esta no se soluciona mediante el inductismo como en La naranja mecánica, sino abriendo la tapa de un libro. Es fácil, es barato y es un objetivo. Por algo se empieza.

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~ por garciaorta en noviembre 3, 2007.

2 comentarios to “La sangre del enemigo”

  1. Quiero aportar el nombre de la novela ganadora del Premio Onuba 2007: Confidencias vacías, de Francisco Martín Martín, para apoyarle , ya que aunque no se dedica a la literatura de forma profesional, es un estímulo que te premien. Leer es un placer que mucha gente se pierde, que le vamos a hacer.

  2. “Esta es la historia de una sociedad que cae al vacío. Lo de menos es la caída, lo realmente importante es el aterrizaje”.
    La frase está sacada de la película francesa La haine (El odio) de Mathieu Kassovitz: una juventud desencantada con la sociedad, desvinculada hasta de sí misma y sin raíces ni apegos de ningún tipo acaba refugiándose en la violencia. Una policía desorientada y sin referencias claras sobre el bien y el mal termina haciendo lo mismo: engendrar violencia y desencadenarla contra esa juventud a la que no comprende y quizá hasta teme. Todos contra todos, y de fondo una sociedad que cae al vacío y, mientras lo hace, “se repite a sí misma: por el momento todo va bien, por el momento todo va bien”. Pero llegará un instante en que impacte contra el suelo…
    No dejes de ver esa película (en tu caso, por supuesto, en versión original. Tú que puedes). Te abrirá nuevas perspectivas sobre el tema de tu comentario que, por cierto, me ha despertado brusca pero tonificantemente del sopor en el que ya me iba hundiendo a estas horas de la noche.

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