Aquello en lo que nos convertimos

Me viene ahora mismo a la mente una escena de esa película de animación llamada Madagascar. En concreto, en esa parte abstracta que muchos de nosotros tenemos y que se conoce como la imaginación, los colores toman forma y me parece ver a los animales enjaulados en el Zoo, envueltos en un sonido artificial que viene a imitar el rumor de la selva. De repente, creo que el león dice algo así como “Otra vez se han olvidado de apagar esto”. Acto seguido, uno de los animales desconecta los altavoces y lo que antes era selva se tranforma, sin más remedio, en jungla de asfalto. Sólo entonces pudieron descansar tranquilos.

Si digo que vivimos en la era de lo inmediato, estoy seguro de que no voy a descubrirle nada a nadie. Lo queremos todo, y a ser posible ya, especialmente porque, si no es ahora, dentro de un minuto habrá algo distinto, más llamativo, mejor, que querremos tener. El ahora se transforma en antes, antiguo, obsoleto, y el placer que nos proporciona disminuye progresivamente para quedar en el olvido.

Después de una reunión con la asociación de amantes de lo nipón Nihon Yosai, llego a casa y entro en la web de El País. Como me va el morbo, lo primero que he hecho ha sido mirar la sección de opinión, que no había tenido tiempo hoy, para ver hacia dónde llovían los palos. Una vez comprobada la situación, me llamó la atención el blog Del alfiler al elefante, de Lluís Bassets, cuyo comentario de hoy El orden reina en Ragún recomiendo encarecidamente.

Bassets me ha hecho reflexionar, por unos intantes, en cómo la sociedad, pese a la resistencia opuesta, nos moldea, nos marca a fuego lento, convirtiendo en habitual ciertas aberraciones del comportamiento humano. La dinámica de la sociedad de consumo nos tiene acostumbrados al bombardeo de estímulos, un constante llamar la atención que satura nuestros sentidos, haciendo del hombre urbano un ser multitarea, centrado en todo y en nada. Habla Bassets de cómo el ser humano actual, el maleado, siente lástima ante las desgracias del prójimo, se escandaliza ante lo sucedido en Birmania, en Perú, … pero que pasado unos días se olvida todo. Algo ya vino a suplir su lugar en nuestro pensamiento.

¿Por qué nadie hace nada?¿Por qué no quejarnos a los responsables o a alguien capaz de poner solución al problema? Seguramente porque a estas alturas de la lectura, quizás un popup que se escapa al explorer ha saltado a nuestra pantalla, nos han llamado al móvil y un anuncio resuena estrepitosamente en la televisión. Ya no me acuerdo ni de lo que estoy escribiendo. ¿Alguien lo recuerda? Seguramente no sería muy importante. Por cierto ¿saben lo último de Mediapro y Sogecable?

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~ por garciaorta en octubre 5, 2007.

3 comentarios to “Aquello en lo que nos convertimos”

  1. Mira, querido amigo, qué cruel suena esto: “los medios (informativos) pueden no acertar al decirnos cómo pensar sobre un determinado tema, pero sí cuando nos dicen sobre qué pensar”.
    Lo dijo un tal Cohen, un señor que se dedica a estudiar los medios de comunicación y su influencia sobre la indefensa audiencia.
    En esta lapidaria afirmación se basa el gran axioma de nuestro tiempo mediático: la teoría de la “agenda setting”, que básicamente dice que son los medios de comunicación -sus propietarios, claro está- los que nos ofrecen en cada momento lo que debe ser considerado como tema de actualidad.
    Esto que tú has escrito en tu comentario, aquello de lo que se lamenta el Sr. Bassets en el suyo, y tantos otros gritos desesperados, no son otra cosa, a mi entender, que manifestaciones poéticas -por cuanto salen de aquella parte vuestra que os impulsa a rebelaros con el corazón- de algo tan crudamente real como es la evidencia de que estamos a merced de lo que un puñado de plutócratas decide qué nos tiene que importar en cada hora, en cada minuto, de nuestra vida-ficción.

  2. A la hora de comer, vamos a un bar-restaurante aquí en el mismo polígono. La televisión está puesta pero el volumen es muy bajo y no se escucha. Me llama la atención, como una imágen puede atraer la atención de casi todo el comedor a la televisión. A continuación todo el mundo la comenta. Me he preguntado alguna vez si los directivos de las cadenas ponen observadores en los bares, para observar el impacto que sus imágenes causa a la gente.

    La verdad es que en este comedor se cumple que la televisión marca el tema de conversación.

  3. Recuerdo yo que en la residencia de estudiantes, cuando llegaba el fin de semana y los grupos normales se veían reducidos, la televisión en el comedor era una escapatoria para evitar situaciones incómodas como verte comiendo solo. La tele apenas se escuchaba pero la mirabas, pensando en tus cosas. Una forma de evitar tener que mirar a otras personas que también estaban comiendo. Un modo como otro cualquiera de huir de las relaciones sociales.

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