¿Dónde jugarán los niños?

En la jungla urbana en la que solemos vivir la mayor parte de los españoles, porque de todo hay en la viña del señor, la palabra “estampida” sólo toma su sentido real en dos momentos claves del día: llegada la hora del recreo y, mucho más, la de la salida. Ambas ocasiones, claro está, referidas sólo y exclusivamente al ámbito escolar, más que nada porque al llegar a la edad adulta lo que en su día fue estampida se torna inevitablemente y casi de inmediato en un atasco.

En mis tiempos, la hora del recreo era un momento de liberación, de descanso y de entretenimiento. Recuerdo con especial cariño los momentos siguientes a ver de nuevo la luz del sol. Una vez pasados los efectos producidos por la salida de la caverna, analizaba con especial dedicación los grupos que rápidamente se habían ido formando. Unos salían corriendo para que nos les quitaran su rincón de siempre. Otros, más activos, perseguían un brick de zumo aplastado o una de esas pequeñas botellas de plástico de los batidos Okey. Si la ocasión lo merecía, puede que incluso contaran con una bola de papel de plata que poco a poco iba perdiendo su esencia. Era un colegio público y con muy pocos recursos. Pero como iba diciendo, al salir analizaba el panorama del patio del colegio en busca de un grupo en concreto: los cambiadores de estampas. Da igual que fueran de Dragon Ball, de la Bella y la Bestia o del mundial de fútbol, que ni siquiera me gustaba. En realidad, no me interesaba ni el cromo. Lo único de verdad importante era tenerlos todos y darte el gustazo de repartir el mazo de las repes cuando ya habías completado la colección. Entonces era el momento de dedicarte a las actividades de moda como, por ejemplo, las canicas o el trompo o simplemente a charlar con los colegas.

Tras esta retrospectiva a lo Cuéntame, cabe la pregunta ¿y a qué tanto rollo? Pues todo tiene su explicación. Amanecía El Mundo hace unas horas con una información que no deja de ser sorprendente. Acusan a la Generalitat de convertir el recreo en horario lectivo para imponer el catalán. Hasta hoy, sinceramente, pensaba que eso de suspender hasta el recreo no era más que una broma, pero al parecer hay quien piensa lo contrario. Según informa el diario, determinados sectores temen que con la declaración por escrito del recreo como hora lectiva, pueda llegar el punto de obligar a los niños a hablar en catalán durante su media hora de descanso. El presidente de la plataforma Convivencia Cívica Catalana ha llegado a calificar la medida de “perversión” del sistema educativo y teme que los niños puedan llegar a tener vigilancia y control lingüístico.

Aunque la Generalitat se ha negado que exista tal intencionalidad, la posibilidad cabe y, desde luego, la limitación de la libertad también. La sociedad, que debería ser plural y abierta, está llegando a un punto en el que decide por ti qué lengua hablar, cuándo y dónde. La educación tiene que estar para instruir no sólo en el conocimiento, sino también en los valores necesarios para que un niño se convierta en un adulto, al menos, consecuente. Y ello pasa por decidir qué lengua elegir a la hora de hablar a sus compañeros en el patio del colegio o, si la imaginación lo permite, inventarse una propia de uso exclusivo. Ante situaciones como esta me gusta saber que vivo en una tierra en la que los niños, ellos que pueden, están más preocupados en pensar a qué jugar que en evitar que te pillen, por ejemplo, repasando la lección de inglés.

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~ por garciaorta en septiembre 13, 2007.

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